Fernando
Miedo no era suficientemente descriptivo para el modo
en que me sentía, terror, esa sí quizás calificaría y es que, aunque todo mi
ser me decía que no debía hacerlo, intentando que este fuese un día especial,
como el último, había algo más poderoso que me obligó a llevar las cosas a este
nivel. Por eso, cuando sus labios se entreabrieron, dispuestos a dar respuesta
a la pregunta más importante que había hecho en mi vida, mi mano se alzó rápidamente,
desesperado por cubrir su boca y no escuchar la feroz condena.
-No lo digas, sólo olvídalo, podemos seguir así,
podemos… – y sus ojos parecían realmente sorprendidos y mi mente gritaba que no
sería tan fácil, cuando ella insinuó vivir juntos, es porque también deseaba un
cambio, pero cómo explicarle que para mí, era todo o nada – si quieres pensarlo
o si realmente no lo deseas, yo entenderé… - al menos lo intentaré – guardaré
este anillo para cuando tú quieras tomar una decisión, sin presiones.
-Sí.
-¿Qué? – el calor subía por mi cuerpo, al mismo tiempo
que mi corazón latía como un loco, desacompasado, desesperado, anhelante… tan
rápido que necesité presionar mi pecho para contener el dolor.
-Sí – quitó mis dedos de sobre sus labios, enredando
nuestras manos – quiero casarme contigo, Fernando, te amo demasiado como para
negar que deseo compartir el resto de mi vida contigo.
-Mi amor – y sé que la adoraba con la mirada,
hechizado, pensando que nunca podría ser más feliz en la vida – Cleo – tomando
su rostro entre mis manos, porque un beso era la única manera de sellar nuestro
compromiso, suave, tierno… lleno de amor.
-Mi anillo – susurró con sus labios junto a mi piel,
abrazados, sintiendo los latidos de nuestros corazones, haciéndome recordar
cuál era el motivo de esta enorme felicidad – si no fuese que está tan lindo,
quizás te digo que no.
-Oooh, no, sé que no eres una chica interesada, no
disminuyas esta sensación de triunfo…
-Cállate, tonto y sigue con el ritual – riendo al
extender sus largos dedos hacia mí.
-Debería quedarte – murmuré, porque era típico que
cuando me ponía nervioso comenzaba a decir demasiadas estupideces y cerré los
ojos, intentando controlar el temblor de mis manos, las vibraciones de mi
cuerpo, volviendo a tomar la cajita que en algún instante metí en el bolsillo
de mi chaqueta, sonriendo al ver que la luz de las velas se hacían iridiscentes
en él – lo mandé a hacer según el que siempre usas.
-Por eso estuvo desaparecido – exclamó, acariciando mi
rostro, sabiendo que eso me calmaría – ya creí que tenía duendes.
-Mi amor – la miré a los ojos, tomando sus dedos,
cerrando los ojos un instante, rogando porque la gota de sudor que corría por
mis sienes no fuese visible para ella – realmente logras ponerme nervioso –
murmuré y deslicé la exquisita joya con total facilidad, hermosa perfección.
-Es… indescriptible – susurró, alzando su mano con
adoración.
-Nada menos que lo que mereces – y sentí cómo las
comisuras de mis ojos cosquilleaban, tantas emociones, demasiada felicidad, no
eran algo posible de manejar y me volví hacia la mesa, buscando el modo de
ocultarle tanta debilidad.
-Te amo – y cerré los ojos cuando sus brazos me
rodearon, besando mis lágrimas, con tanta ternura, tan dolorosamente consciente
de lo que me provocaba – Fernando, tenía tanto miedo de que nunca te atrevieras
a pedírmelo, después de… lo que te hice, pero sólo quiero estar contigo,
siempre y casarnos es la mejor manera de… manifestar lo que sentimos, nunca
había estado tan segura de algo, mi amor.
-Por una larga y feliz vida juntos – reí, animándola a
entrelazar nuestras copas, mirándonos a los ojos mientras el líquido chispeante
bajaba por nuestras gargantas - ¿Quieres seguir aquí?
-Vamos, este no es lugar para celebrar, aún le faltan
muchos retoques para convertirse en nuestro hogar – y me miró, con sus ojos
brillando, llenos de emoción, esas que siempre se controlaba en demostrar – es
tan distinto ahora, debo confesar que no me sentía muy animada con esto del
departamento, pero ahora…se me vienen tantas ideas a la cabeza, va a ser
hermoso… seremos tan felices – suspiró y no tuve más opción que largarme a
reír.
-Estaba tan asustado – el tono jocoso aún presente en
mis palabras – por un momento creí que saldrías corriendo y… - esta vez con más
seriedad – tenía miedo de perderte, pero debía arriesgarme.
-Me alegro que lo hicieras – y la vi cerrar los ojos
al momento de apagar las velas, alcanzando a tomar la botella antes de que su
mano me tirara con fuerza hacia la salida.
La habitación estaba a oscuras, pero yo no necesitaba
la luz para saber que su pelo tornasol estaba repartido sobre mi pecho,
rodeando su hermoso rostro que descansaba, al igual que su cuerpo desnudo y la
sonrisa, ahora eterna, se amplió en mis labios mientras me permitía suspirar.
-Te amo, Fernando – susurró y sus brazos rodearon mi
torso, acomodándose mejor – hoy me has hecho la mujer más feliz del planeta –
alzó el rostro y supe que sus ojos de miel me observaban con miles de
sentimientos encontrados – gracias por creer en mí.
-Una vez hice una promesa – susurré, sabiendo que sus
ojos comenzaban a cerrarse, a medida que mis dedos acariciaban su largo pelo –
que jamás decidiría vivir con una mujer sin casarnos primero, si íbamos a estar
bajo el mismo techo, debía ser de la manera correcta, pero de todas las veces
que estuve a punto de casarme, nunca estuvo tan seguro como contigo… si hubiese
sabido antes que eras el amor de mi vida, preciosa, quizás hubiese hecho las
cosas de otra manera.
-¿Y si te hubiese dicho que lo iba a pensar?
-Espero.
-¿Y si digo que no?
-Con el dolor de mi alma, tendría que aceptar que no
me amas – levanté los hombros, presionando su piel con mis dedos, quizás con un
poco más de fuerza que lo acostumbrado, pero dejarla ir no era una opción.
-Pero te amo – y me abrazó fuertemente – creí que no
podría amar, estaba segura de que sería una vieja sola y amargada, lo único que
los hombres han hecho por mí es provocarme daño, dolor y odio, pero tú, me
enseñaste a creer otra vez.
-Bueno – estiré mi mano hacia la copa llena de
champaña sobre el velador, dándole a beber un sorbo antes de tomar el mío
también – por una larga vida juntos y muchos hijos.
-No te extralimites – y el modo en que apartó el
rostro para que yo no la viera, cómo presionó mi torso con su brazo.
-Al menos uno – y suspiró, pero no quise dejarla ir
con sus pensamientos, la acerqué suavemente, besándola, con el sabor de la
champaña en nuestras bocas.
-¿Cuánto debemos esperar para que seas mi dueño?
-¿Será mucho esperar la primavera? – susurré,
pensativo.
-Septiembre… ocho meses, es demasiado.
-Debes pensar en la fiesta de compromiso, los arreglos
para el matrimonio, todo eso es mucho trabajo.
-Hay algo que quiero pedirte – apoyó el mentón sobre
mis costillas – no me obligues a tomar el té con tu mamá y sus amigas, vi lo
que hicieron con Diana y yo no quiero eso en mi vida.
-¡Qué espantoso! – exclamé, algo en broma – jamás te
haría eso, es una tortura – golpeé mi mentón con un dedo – ya veo que Julita
estuvo dando de su cosecha – acaricié su nariz, sonriéndole – amor, nosotros no
seremos como esos matrimonios arreglados que suele haber en mi círculo,
cumpliremos con las fiesta tradicionales, el protocolo y ¡Nada más!
-Gracias.
-Aunque preferiría que no sigas trabajando para
Campari… pero eso es tu decisión.
-Quieres que muera de aburrimiento – su ceño se
frunció.
-No si trabajas para mí – le di mi sonrisa más
brillante, aunque ya sabía que ella no iba a aceptar.
-Mmmh… aún no me has dicho fecha.
-¿Mañana? – exclamé con inocencia, riendo al verla
rodar los ojos – abril, tres meses es buen periodo para preparar todo y si
julia está aquí, podría ser mi madrina – reí ante la idea, mamá reventaría.
-¿Sería muy aguafiestas decir que quiero dormir? –
suspiró, acomodándose mejor.
No dormí en el resto de la noche, ella, tan hermosa,
tan serena, entregada a la protección de mis brazos y era mía… al menos lo
sería y nunca volvería a sentirme solo, jamás tener que escuchar los reclamos
de mamá, porque no habría vuelta atrás, seríamos irrevocablemente esposo y
esposa.
-Antes de conocerte – los primeros rayos de sol
traspasaban las cortinas, formando destellos en su piel, fingiendo dormir,
mientras mis manos encendían su cuerpo, suavemente, dolorosamente – eras el
tema de los chicos, Ric me tentó a hacer una apuesta sobre ti, para
conquistarte.
-¿Apostaste por mí? – giró su rostro hasta el mío y,
por un segundo, me sentí temeroso de su reacción.
-No, qué sentido tendría hacer una apuesta de la que
me sabía ganador – exclamé, mordiendo la piel de su vientre.
-Oooh, fanfarrón, no estés tan seguro, en realidad,
hasta el día en que salimos, cuando estabas en el sofá todo tímido mientras te
tocaba, pensé que sería muy aburrido.
-¿Soy aburrido? – protesté, alzando mi cuerpo hasta
besar sus labios.
-Algunas veces, pero no me molesta, no todo en la vida
es diversión – su risa fabulosa encendió una llamita en mi pecho, suspirando
mientras ella acariciaba mi rostro suavemente - ¿Quién diría que íbamos a
terminar así, en esta situación?
-Sí, imaginé muchas cosas en algún instante, pero no
creí que me enamoraría, no estaba en mis planes.
-Te apuesto que antes de mí te divertías en los bares,
con desconocidas, tratando de parecer rebelde.
-Ninguna, jamás se igualaría a ti – acaricié yo su
rostro esta vez – me convertí en un psicópata por ti – susurré, con cierta
vergüenza – tenía que verte, no me importaba el precio, incluso… - la abracé
fuertemente, sintiendo el nudo en mi estómago al recordar esos tiempos – cuando
estuvimos separados…
-Tal vez lo eres… un psicópata, digo – riendo
fuertemente.
-No, es que eres una bruja, estoy seguro que algunas
cosas extrañas te enseñaba tu abuela en Brasil.
-Tal vez – alzó las cejas suavemente, acurrucándose en
mí pecho con ternura – quiero dormir.
-No tengo sueño – sus ojos se cerraban y mi corazón
latía con fuerza, acariciando las hebras doradas de su pelo - ¿Mi amor?
-Mmmh.
-Dijiste que te hice creer otra vez.
-Creo que lo dije – suspiró, acomodando una mano sobre
mi pecho.
-¿Me dirás qué daño te han hecho? Debe haber una razón
para tu comportamiento y no es que te
quiera diferente o presionarte, es sólo… una pista… una respuesta.
-Hoy no.
-¿Cuándo? – besé su cuello y dejé que se resguardara
en mis brazos.
-Mi papá bebía – sentí cómo mi garganta se contraía -
no de manera habitual, pero cuando lo hacía, se volvía muy violento y mi mamá
siempre lo defendía, ella… estaba cegada con él – intenté no presionarla, nada
que pudiera interrumpir su relato - una vez me golpeó – y mis ojos se cerraron,
conteniendo una protesta – entonces mamá me envió al internado y los fines de
semana solía quedarme en casa de mi tío, si viajaba, me encerraba en mi pieza, tratando
de evitarlo, con el tiempo se hizo peor.
-Preciosa, no… prefiero que no sigas, creo que no
quiero saber – levantó su cuerpo lentamente, fijando sus ojos en los míos.
-Un vez que abres la llave, es imposible regresar el
agua derramada – cerré los ojos asintiendo – me casé al cumplir la mayoría de
edad y el matrimonio no fue lo que yo esperé, él pretendía que le tuviera todos
los días la comida caliente, pero yo quería estudiar, ser algo más – tomó mi
rostro con sus manos – mamá le pidió al tío que me ayude y pude sacar mi
carrera – se deslizó, hasta quedar como un ovillo junto a mi cuerpo – una que
otra vez llegué tarde y él me… golpeaba, pero luego, cuando se le antojaba y él
era muy fuerte, no siempre lograba defenderme o escapar, a veces, era mejor
sólo pensar que nada de eso estaba sucediendo.
-¿Cuánto soportaste? – dije con voz titubeante,
conteniendo el deseo de gritar.
-Mis papás fallecieron en un accidente de vehículo,
papá estaba ebrio, mi… él… estuvo preso un tiempo, por, tu sabes… es un delito
el maltrato…
-Y pudiste liberarte.
-Comencé a usar otro nombre, vendí las tierras de mis
papás y compré dos casas que arriendo como oficinas, además de este
departamento.
-¿Por la que tu tío te paga todos los meses?
-Sí, sus oficinas en el centro – busqué su mirada esta
vez, acariciando sus pómulos con mis pulgares.
-¿Lo volviste a ver?
-Una vez, para exigirle la nulidad del matrimonio,
pero yo ya no era la misma, no me intimidaba, ni siquiera lograba odiarlo.
-Yo nunca te haría daño – susurré, besándola
suavemente – nunca, amor.
-Y si lo intentaras, créeme que no te iría nada bien –
sonrió perversamente.
-De eso estoy seguro.
-No puede ser – exclamó, mirando a través de mí, el
reloj sobre el velador – necesito dormir o no podré mantenerme en pie.
-Si yo duermo, no podré despertar – la besé en la
frente, amoldando las colchas a su cuerpo – duerme, yo iré a preparar el desayuno.
-Yogurt con frutas, por favor.
-A la orden – exclamé, saltando de la cama, intentando
no demostrar que en ese momento necesitaba tiempo a solas para procesar su
historia.
-¿Fernando?
-¿Amor? – ronroneé besando su cuello.
-Me siento muy feliz.
-Por eso será que hoy siento que te amo más – besando
la punta de su nariz antes de desaparecer hacia el baño, buscando una buena
ducha reparadora.
Sentía la presión en mi pecho mientras el agua se
deslizaba por mi cuerpo, la sensación no era en absoluto reparadora, me sentía
morir; en todo este tiempo, siempre supe que había algo más detrás de todo su
comportamiento, todas esas veces en que parecía ida de sí misma, encerrada en
ese cuarto al que nunca me he atrevido a entrar. Luego de permitir que un par de
lágrimas se deslizaran por mi rostro, me dije que, a pesar de lo que fuese y
como fuese, yo quería que fuese mi esposa, porque la amo, con toda la fuerza de
mi ser, porque su comportamiento errático es solo un detalle comparado con toda
la felicidad que me da. Y respiro hondo, pero el matrimonio no se trata sólo de
eso, en las buenas y en las malas, sé que llegará el momento en que tendré que
obligarla a enfrentar sus fantasmas, a intentar superarlo.
Me visto rápidamente, con mi típico uniforme de
iglesia, pantalón de tela, camisa; y suspiro, eligiendo un vestido amarillo
pálido para ella, junto a unas sandalias blancas, de su colección, y sonrío,
ella es capaz de verse angelical si así lo desea, pero nunca deja de ser la más
hermosa.
La observo, acurrucada, con mi almohada entre los
brazos y siento que mis ojos se humedecen, no puedo creer que sea mía, después
de todo este tiempo, aún siento que en algún momento saldrá huyendo de mi
prisión y no puedo perderla, mi Cleo.
No me permito seguir ese hilo de pensamientos, voy
hasta la cocina y preparo una taza de té, el que bebo mientras junto las
frutas, hago la mezcla de wafles y disfruto el aroma que sale de la tostadora.
Ella la compró para mí, porque me gustan, porque siempre trata de darme aquello
que me haga feliz.
Muerdo mis labios, Cleo nunca me pide nada, sólo una
cosa y justamente aquello que nunca podré darle. Y niego con la cabeza al ver
el mensaje en mi celular, es de mamá, recordándome que no debo faltar a la
misa, que tenemos que hablar sobre mi salida intempestiva de la fiesta y
contengo el impulso de tirar el equipo lejos de mí, poder simplemente
desaparecer, olvidarme de todo, darle a Cleo lo que hasta sus ojos, en
silencio, me ruegan…
Cierro los ojos, muerdo mis labios, me repito el
mantra de siempre, si ella permanece a mi lado, todo será posible, todo… y me
recuerdo que hoy es el día más feliz de mi vida, blandiendo una enorme sonrisa
que no logrará engañarla, pero que mantendrá el ambiente en paz al menos por
unas horas, hasta que tenga que contarles a ellos, mis padres, que Cleo se
convertirá en mi esposa… para siempre.
Tenía miedo, no podía evitarlo, su mano entre las mías
era lo único que lograba mantenerme en el lugar, aunque eso no aseguraba que mi
cuerpo dejara de temblar.
-Me estás asustando – susurra en medio de la prédica y
asiento con la cabeza, aunque mis esfuerzos por encontrar calma no surten
efecto.
-Hijo ¿Estás bien? – y mis músculos se vuelven
rígidos, en completa tensión, asintiendo con dificultad.
-No hagas comentarios, por favor – exclamo una vez en
el auto, de camino a casa y escucho su risa genuina.
-No pensaba hacerlo, imagino lo difícil que debe ser
para ti, aunque no lo entienda – la observo de reojo y esa diversión en su
mirada me hace gemir.
-Sólo deseo que podamos ser felices, nada más, Cleo,
nada más.
-¿Qué puede hacer para impedirlo?
-Si lograse adivinar qué cosas pasan por su cabeza –
me detengo en la casa y suspiro como por milésima vez en el día, observo el
auto del cura en la entrada de la casa, justo en mi lugar – su presencia lo
hará más fácil, un matrimonio significa dinero para la iglesia, querrá que se
concrete.
-¡Fernando!
-Perdón, Cleo, perdón, no estoy en mis cinco sentidos,
sólo entremos y pasemos por esto de una vez y luego vamos a tu casa y dormimos
todo el día, ahí, donde nadie nos pueda tocar.
-Eso no va a ser posible – ríe con malicia.
-¿Por qué? – reclamo y bufo al verla largarse a reír
otra vez, pero logro alcanzar a pensar que lo está tomando con tanta facilidad,
después de todo, hasta ayer pensaba que nada más importaba si lograba que Cleo
aceptara ser mi esposa y sonrío con todas las emociones a flor de piel – tu
tío, había olvidado que era ese domingo del mes ¿Les diremos?
-Claro que sí – acaricia mi rostro, pero luego decide
hundirse en mis brazos – esto es un trámite, Fernando, sólo un trámite –
asiento con mis labios apretados.
-Vamos, salgamos de este almuerzo lo más rápido
posible.
No me contento con su mano y la tomo por la cintura,
besando su hombro, pensando en que hoy no le he dicho lo hermosa que se ve, ni
siquiera le he dicho que la amo, al menos no después de lograr despertarla para
tomar desayuno.
-Te amo – y busco sus ojos antes de entrar – por
siempre y para siempre, te amo.
-Fernando, me haces tan feliz – y siento que me
desarmaré en su abrazo – yo también te amo.
El cura habla sin parar, como si supiera cuáles son
los temas que a mamá le gustarán, gimiendo y gruñendo con cada bocado de
comida; y yo, observo mi plato intacto, sintiendo que Cleo toma mi mano,
presionándome suavemente.
-Hijo ¿Estás enfermo? – levanto la mirada hacia mamá y
niego efusivamente – hoy estás muy pálido y no has comido nada – y miro a Cleo,
en busca de auxilio, pero sus cejas alzadas me dicen que no hay nada que pueda
hacer más que enfrentarlo y me siento tan pequeño.
-Yo tengo algo que anunciar – y pienso que mi actitud
solo puede hacerles creer que será una mala noticia y me recuerdo que no lo es;
me pongo de pie, sin soltar su mano, dejo salir un poco de aire, que parece que
sobra en mis pulmones – padre, quise que hoy estuviese aquí, porque ayer…
anoche… Cleo decidió hacerme el hombre más feliz al aceptar ser mi esposa.
Y cerré los ojos, esperando que las bombas estallaran,
los gritos, insultos, pero volví a abrirlos cuando el silencio fue la
respuesta, Cleo me abrazaba, sonriendo y mamá, ella parecía estupefacta.
-¡Qué felicidad, hijo! – el cura se acercó a tomar
nuestras manos, diciendo palabras de bendición y yo sólo podía ver la
consternación en los ojos de mamá.
-Me siento muy feliz, hijo mío – papá se levantó de su
silla, al mismo tiempo que lo hacía mamá, conteniéndola al tomar su mano – es
una hermosa decisión, estábamos esperando que esta noticia llegara y ya les
teníamos una sorpresa preparada – traté de sonreír de forma genuina, pero la
aparente calma de mamá era más peligrosa que sus explosivas reacciones.
-¡Papá! – exclamé, simulando sorpresa, la reacción que
se esperaba de mí.
-El departamento que quieres comprar, será nuestro
regalo de boda.
-Muchas gracias – digo, acercándome a abrazarlo, apartándome
para ver cómo mamá observaba el anillo en la mano de Cleo.
-Es hermoso, hijo, tienes tan buen gusto.
-Nada menos que lo que mi amor se merece – y sé que
eso le molestará, pero no puedo evitarlo, no quiero evitarlo, deseo que ella se
convenza de una vez, que la acepte, quiero que podamos tener una relación
normal, necesito saber que en alguna ocasión se preocupa por mi felicidad, que
me quiere, como una madre de verdad, pero me niego a seguir pensando en eso,
recibiendo su abrazo flojo – soy muy feliz en este momento – susurro en su oído
y noto su tensión, justo antes de que se aparte.
-Pero no es necesario que una prisa los haga tomar
esta decisión – susurra mamá, poniendo su mano en el vientre de Cleo, creo que
casi me desmayo en ese momento.
-Por suerte, nuestra decisión se basa en el amor,
Beatriz – responde mi novia y sonrío.
-Los hijos vendrán con el tiempo, mamá.
-¡Vamos al salón! – exclama papá – tengo una botella
de champagne de Lyon que merece ser abierta en esta ocasión.
Cuando llegamos allá, noté que mamá no nos había
seguido y una caricia en mi rostro me hizo recordar que no debía importarme,
entonces papá desapareció para ir a la bodega por su famosa botella y aparece
mi nana con sus ojos llenos de lágrimas, sosteniendo apenas la bandeja con las
copas y pienso que debí decírselo primero, ella me abraza y llora sin parar y
siento que me voy a quebrar en ese momento, pero la voz de Cleo me saca de esos
pensamientos.
-Dejé mi cartera, voy por ella – pero por algún motivo
no me trago su excusa y la sigo, viendo la tristeza en su mirada cuando nos
detenemos al escuchar las voces que salían del comedor.
-Sé que quedamos en regalarle un departamento cuando
se casara – era la voz de mamá, sin hacer esfuerzos por bajar el volumen – pero
nunca pensamos que se casaría con esa.
-Bea, por Dios, es nuestro hijo, él la eligió ¿Qué más
se puede hacer?
-No me gusta, no confío en ella, además de parecer una
zorra y esa risa cuando me mira, burlándose, la odio, Fernando, la odio.
-Yo creo que simplemente no es lo que esperabas, pero
lo importante es que Feña la ama, nunca en mi vida lo había visto tan feliz y
ella lo ama también, se nota a leguas, si te dieras el tiempo de conocerla.
-El amor es una fruslería ¿Acaso nosotros nos amamos
alguna vez?
-¿Acaso alguna vez intentaste que fuéramos felices? Yo
traté y tú nunca me aceptaste – bufó – pero no es el tema aquí, él es feliz y
es lo que debe importarnos, no necesita casarse por interés, tiene todo lo que
pudiese necesitar.
-Entonces que se enamore de otra – grita y puedo
imaginar el enojo en el rostro de él.
-No quiero seguir hablando de esto, voy por esa
botella.
-Fernando…
Alcanzamos a ocultarnos tras la puerta cuando él salió,
pero no pude prever que Cleo se soltaría de mi agarre para entrar en el comedor
y mordí mi lengua, evitando la protesta.
-¡Oh, Beatriz! Vine por mi cartera, no sabía que
estabas aquí.
-Cleo…
-No pude evitar escucharlos.
-No debiste…
-Los problemas que tengas con tu esposo no son de mi
incumbencia, pero los que tengas conmigo, preferiría que los solucionáramos –
no lograba verla, pero imaginaba su rostro decidido y eso me llenaba de orgullo
– Fernando quiere que trabajemos juntas en la boda y lo mejor será que
aprendamos a convivir o eso será un infierno.
-¿Lo amas? – el tono fue altanero y creo que ambos
contuvimos la respiración en espera de su afirmación – tu expresión es mi mejor
respuesta – suspiró – es mucho para mí en un solo día, iré a descansar,
disculpa si no puedo estar presente en esta celebración, solo dame tiempo para
hacerme a la idea y no te preocupes, Cleo, ayudaré gustosa en el matrimonio de
mi único hijo.
No hice gran esfuerzo por ocultarme esta vez, pero
ella ni siquiera me notó, con un pañuelo contra su boca, casi corriendo hacia el
interior de la casa. Pronto salió Cleo y antes de que pudiese decir algo, sus
brazos rodearon mi cuello, buscando mi boca, usando su mejor arma para lograr
que olvidara lo que fuera iba a decir.
-Beatriz me pidió que la disculpen – dijo Cleo en
cuanto entramos al salón, donde papá nos esperaba con la botella en la mano,
lista para hacer saltar el corcho – la emoción es muy fuerte, después de todo
me llevo a su hijito del seno familiar.
-Yo sé que mi niño será muy feliz contigo – dijo mi
nana entre sollozos y me contenté con el pensamiento de que ellos si me
apoyaban, que no todo estaba perdido, que, por último, mamá podría seguir
fingiendo, que era lo que mejor sabía hacer.
Demasiado rato después, el cura se despidió y papá se
disculpó con que tenía una charla de negocios, en la que seguramente estaría
incluida su verdadera mujer, la nana nos besó en ambas mejillas para ir a la
cocina.
-No estuvo tan mal – negué con la cabeza, admirando su
fortaleza, la sonrisa, esa mirada burlona – tenemos el tiempo justo para ir…
-Acompáñame a buscar mi ropa – sonreí, tirando de su
mano, conteniendo el deseo de estrecharla entre mis brazos, porque sabía sería
muy difícil soltarla.
-Fernando, no creo que sea lo mejor ignorar lo que
sucede, debes hablar con tu mamá.
-¿Sobre lo que sucedió adentro? – bajé el rostro,
recordando su falta de respuesta – cuando te preguntó…
-Iba a decir que te amaba, tonto, pero ella vio mi
expresión y le bastó para comprenderlo – levanté mis hombros, incómodo.
-Lo siento, no puedo evitarlo – llegamos a la
bifurcación, entre ir a mi dormitorio y seguir fingiendo o ir por el pasillo
hacia el dormitorio de ella, los recuerdos de nuestra última conversación en
ese lugar, pero esta vez el tema es mucho más complejo.
-Estaré esperando en tu pieza.
-Amor, yo sé que eres fuerte, que puedes enfrentar lo
que sea – su rostro se ensombreció y me sentí un idiota, pero continué – no es
necesario que trabajen juntas, de veras que no lo es.
-Lo es para mí.
-Puedo deshacerlo, ahora, sé que ella no se negará.
-Quiero hacerlo, Fernando, es mi boda, pero tú eres su
hijo – asentí, soltándola poco a poco – lo único que me asusta – confesó – es
que alguna vez lograra ponerte en mi contra.
-No me das motivos para desconfiar de ti, jamás
creería las habladurías de ella, puedes estar segura.
-Es que… - y sus ojos suplicando porque la hiciera
callar – no te merezco, he hecho tantas cosas de las que no estarías orgulloso…
no he sido buena en mi vida para que tú me ames así – sus ojos llorosos sólo
necesitaban mi abrazo en respuesta.
-Te lo dije antes y nunca lo olvides, lo que tu hayas
hecho o dejado de hacer, antes de ser mi novia, no me incumbe… perderte, ese
tiempo sin ti, sé que nunca podrás perdonarte, pero ya sabes que no es todo tu
culpa, de todos modos, no quiero volver a vivirlo, no lo quiero para ninguno de
los dos… tampoco he sido un hombre intachable, de hecho, desde que te conozco,
soy muy distinto… Julita lo puede testificar – ambos sonreímos – si lo vemos así,
tampoco te merezco, lo que importa es el ahora, que nos amamos y nunca nos
haríamos daño, eso es todo.
-Gracias – susurró, permitiendo que mis dedos
enjugaran sus lágrimas, besándola suavemente – vete antes de que me arrepienta.
-Aún nos queda una larga tarde de futbol.
-Si quieres no vamos – sonríe – puedo ir otro día.
-¿Estás loca? ¿Perderme su cara cuando le pida tu
mano?
-¿Eso harás?
-Claro ¿Es quien te llevará al altar? ¿O no? Tengo que
ser aprobado.
-Él te adora, por esos lados, todo irá de maravillas –
un último beso y ya me sentía con fuerzas suficientes para enfrentar a mamá.
Me alegré de no haber ido por mi ropa antes de esto,
aunque una vez al mes siempre vestía la polera del equipo de futbol favorito de
Cleo, no es que si me enorgulleciera de eso, en realidad, moría de vergüenza y
siempre me cubría con una chaqueta hasta llegar allá.
Golpeé dos veces, sin tener respuesta, entonces sólo
abrí y la encontré de inmediato, sentada frente a su tocador, con camisón de
seda y una bata, abierta en la parte delantera, observaba su rostro
detenidamente. No lo dudé por un segundo, fui hasta ella con decisión y la
abracé por la espalda, besando su cabello tan bien cuidado.
-Eres muy bonita, mamá – intentando ocultar mi voz
quebrada.
-¿Lo crees?
-Claro que sí, nunca lo pondría en duda – acaricié su
rostro, el que ya comenzaba a tener arrugas, pero siempre bien cuidado y sus
ojos azules, tan fríos, recordando todas esas veces en que quise encontrar una
expresión en ellos, un signo.
-Muchos hombres me quisieron – susurró – pero al único
que siempre amé fue a tu padre y él nunca pudo sentir lo mismo, me hería y yo…
quizás no supe demostrárselo, sentía tanta rabia de su indiferencia que llegaba
a odiarlo, era mi esposo, papá lo compró para mí, porque yo lo quería, al más
hermoso y él nunca me aceptó.
-Papá te quiere, es sólo que él lo hace de otra
manera, pero se preocupa por ti… está aquí porque así lo desea.
-¿Estás seguro?
-Totalmente – sus ojos secos, pero con un leve brillo,
me miraba desde el espejo.
-Ella te ama.
-También estoy seguro de eso – sonrío.
-Si hubieses visto su rostro cuando se lo pregunté,
irradiaba felicidad y tú… sólo tienes ojos para ella.
-¿Serás buena con Cleo? ¿Podrías prometérmelo? Nunca
la harás sufrir.
-Mientras vea que ella te sigue queriendo.
-¿Prometido? – insistí.
-Es una promesa.
-Bien – besé su rostro – no olvides que eres mi única
madre, que nunca dejaría de amarte.
-Quiero conocer tu departamento, tal vez pueda darte
ideas.
-Preferiría que no te metieras en los terrenos de Cleo.
-Está bien, entiendo – bajó el rostro, cerrando los
ojos.
-Mañana puedo llevarte, te va a encantar – la abracé,
con fuerza, sintiendo que era la única conversación de verdad que habíamos
tenido en años.
-Hijo – tomó mi mejillas – te amo.
